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lunes, 3 de agosto de 2009

jueves, 4 de junio de 2009

Otro que salvé


Y bueno, lo bueno de un blog al que nadie entra es que me escribo a mi mismo, no hay nadie que juzgue mis cursilerías y delirios desde un punto de vista literario o epistemológico, yo no enseño nada.
A un tercer e igualmente brutal fracaso hay que restarle la nueva vida que se me viene encima, ahora que tengo un lugar para mí, cuando ya no voy a usurpar domésticas rutinas porque tengo que construir la mía, ahora, justo ahora se fue y ya no hay fuerzas para buscarla, para soportar una serie inmisericorde de nos, aplastante, denigrante y profundamente rencorosa.
Acostumbrarse a una soledad salvaje, gastrointestinal, angustiosa, metamórfica, bipolar, metafórica, pedagógica, demagógica, ilógica, celosa, pútrida, fresca, delirante, asfixiante y desafortunadamente necesaria.
Saber por encima de todo, que se tiene que acabar, que no puede volver a empezar el mismo ciclo anual de acusaciones mutuas, de invasiones ontológicas, de pérdida esencial del ser. Hay que reconstruirse, que es lo que nunca hice, explotar inverosímiles talentos y llegar a quererla sin desearla, a quererla como un ente absolutamente separado de mi, a quererla como ella me quiere, y esperar, crecer y esperar, aprender y esperar, delirar y esperar, esperar no querer olvidarla, esperar que no me olvide, Sanseacabò.
Bienvenidos a mi apto (si sale, y que salga), salió.
Hoy duele bonito.

lunes, 6 de octubre de 2008

La escalera


Un hombre se enamora de una escalera, compleja intrincada e inexpugnable escalera.
Declárale su amor una noche cualquiera y... la escalera ahí: muda... inmutable.
Ofrécele entonces su vida entera, renuncia a ser hombre, quiere ser casa que la contenga, o barandal que la rodee o columna que la sostenga.
Una voz tenue, como crujido de madera que pisa un ratón (o un fantasma), le susurra "sube".
El Hombre extasiado pisa el primer peldaño, la escalera cruje nuevamente en un gemido atemporal, el Hombre levanta su otro pié del piso y lo lleva hasta el segundo peldaño, al posarlo descubre con terror y éxtasis que su vida depende ahora de su amor por la escalera pues es ella quien lo sostiene.
Ya está en el undécimo peldaño cuando su angustia crece y lo devora.
Ella (su angustia), siempre lo amó visceralmente y una escalera no es quien para interponerse en ese romance tormentoso que tiene todo hombre con su angustia.
En su agonía, feliz de morir junto a su amado y de imaginar como la maldita escalera tendría que soportar la ausencia de este per seculum seculorum y revivir en su memoria la terrible escena en la que es devorado, descubre que a matado a su padre para vengarse de su madre.

Y una tarde cualquiera se incendia un arbol y quema el aire