Y qué pereza una segunda parte, pero tocó. Aquí la primera
Eso hace recordar la idea de que dios es un libretista que cuando siente que le pegó al perro exprime un argumento hasta hacerlo intolerable.
Esta vez no estaba solo. Caminábamos tranquilos por el andén occidental del Parkway una amiga (A.) y yo. Íbamos hablando sobre pendejadas trascendentales como solemos hacerlo. Esta vez la conversación había nacido de la pregunta: ¿qué tan dogmáticos son los liberales? (son muy dogmáticos los liberales mente-abierta, a esa conclusión alcanzamos a llegar).
Desde el separador central se acercó rápido pero sin correr un tipejo muy feo, más bajito que feo y más asustado que bajito. Traía la mano pegada a una pierna sosteniendo algo que parecía ser un revolver; nunca quise comprobar si en verdad lo era.
Empezó la tradicional retahíla de "haga esto", "no haga lo otro", "deme todo" y "o le pego un tiro". Por alguna razón (yo se lo achaco a estar ya curtido en estas lides) lo primero que se me ocurrió fue darle el celular y empezar a hablarle tranquilo para tratar de calmarlo. En una situación de estas el miedo puede ser exponencial y muy peligroso. El tipo está asustado, uno se asusta más, reacciona mal, el tipo por su propio susto, que ante eso crece, reacciona peor y le pega un tiro. Yo no pensé todo eso, pero salió bien.
-"Mire el celular, calmado parce"
-"La plata pirobos que les pego un tiro"
-"Vea, (le abro la billetera en la nariz) esto es lo que hay"
Da alguna otra parte apareció otro tipo que empezó a "raquetear" a A. Le revisó la cartera tratando de encontrar más cosas, le preguntaron si llevaba anillos, ella mostró las manos y creo que dijo que no.
A A. le fue un poco peor, su celular era bastante más valioso que mi entrañable Alcatel. También perdió más plata que los mil pesos que me quitaron.
Eso de los mil pesos fue un extraño golpe de suerte. Mi billetera es rara, como de niño chiquito, de hecho tiene dibujos de Tintín. No tiene un espacio propio para la plata, va con los papeles, tarjetas, calcomanías y otra cantidad enorme de mugre que me cargo, entre ese cáos lo único visible era un billete de mil que el tipo sacó con afán sin revisar el resto. En pérdidas materiales mis últimos dos atracos valen por uno.
Al final el otro tipo vio un bultico en el el bolsillo de mi chaqueta, sonrío, metió la mano y dijo: "este hijueputa tiene más ahí". En efecto tenía más, el manos libres del celular que estaba roto y con cinta, y un baloto de la semana pasada. Me dio un poco de rabia y le grité: "qué ¿ahora se va a pegar de unos audífonos rotos y un baloto viejo?". Vio lo que me había sacado y lo volvió a meter en el bolsillo.
La cosa no duró mucho más, nos dijeron que camináramos "rapidito" hacia el norte, con la advertencia, claro está, de que si pasaba algo nos pegaban un tiro.
No estoy muy seguro de cuantas veces oí la palabra "tiro". Fueron varias.
Caminamos un rato que pareció muy largo sin reaccionar, luego encontramos una pareja de frente y mientras nos cruzábamos caí en cuenta de que iban derecho hacia donde nos habían atracado. Les grité para advertirles y creo que los asusté. Llegaron al cai antes que yo.
El resto fue lo de siempre, la ineptitud de la policía (que me hizo correr detrás de la moto para mostrarles el lugar), la ineptitud de movistar (que no le podía cancelar el celular a A. porque no tenía sistema), la sensación de impotencia y las ganas de agarrar a los tipos a patadas.
Espero nunca tener la posibilidad de agarrar a alguno de esos a patadas, sobretodo porque no sé qué me haría sentir peor: hacerlo o arrepentirme.
las situaciones, nombres y lugares que aparecen en este sitio son producto de la ficción, cualquier parecido con la realidad es pura malparidez del libretista.
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miércoles, 13 de junio de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
De mis atracos.
A uno le dicen: "quédese quieto" y no es propiamente la voluntad la que obedece. Uno quisiera dejar al tipo noqueado en el piso; una patada en los testículos (inesperada) un golpe directo al esternón, y para rematar, cuando el dolor y la asfixia doblen al ladrón, un violento manotazo en la nuca, a lo película, sanseacabó.
En vez de eso, los músculos obedecen la orden de quedarse quietos como perros amaestrados.
-Deme el celular-
Ahí empieza a reaccionar la lengua, mucho antes que el brazo porque por muy Bruce Lee que uno quiera ser, le brota mucho más natural la malicia del Lazarillo.
-Vea hermano, es viejo y malo-
- Deme el celular!-
- Tome parce (sí, en esos casos brota muy natural el "parce") pero de verdad no le va a servir pa'un culo, no le van a dar ni 3 lucas por él-
El tipo lo mira con un poco de lástima (es un Alcatel) y me lo devuelve.
-La billetera-
-Coja la plata y déjeme los papeles-
-Bueno, pase la plata. Pero rápido-
Uno saca la billetera y empieza a darle los billetes, llegamos al punto en que no vale la pena esconder ninguno, un poco porque plata no hay mucha y esa operación un tanto riesgosa no significaría conservar más de 5000 pesos y un poco porque uno ya es consciente de su calidad de atracado, es un papel como cualquier otro en la vida, como el de empleado o cliente y uno, por desgracia no es ni peleón ni avivato.
La extraña familiaridad con que se desarrolló el incidente anima al tipo a separar uno de sus recién adquiridos billetes, uno de 2000, y dármelo con un "pal bus".
-Ahora camine por esta calle derechito hasta la esquina y no se voltee, no haga pendejadas y no no se haga chuzar que usté es todo bien-
Uno camina resignado, yo generalmente me prendo un cigarrillo pensando en lo relativamente sencillo y vergonzoso que me resulta sobrevivir en esas situaciones. Me imagino nuevamente la escena de los 3 golpes y pienso, en esos instantes más convencido que nunca, que jamás voy a ser capaz de reaccionar así, nunca voy a darle una tunda a un ladrón.
Hay una parte bonita del Quijote en la que el caballero obliga a que le abran la jaula de un león para enfrentarse a él en "singular batalla", el león lo ignora totalmente y tal batalla no sucede, sin embargo se ha dado prueba fehaciente del valor del caballero. Le sigue una reflexión sobre las virtudes y como éstas son el punto justo entre dos extremos. La valentía por ejemplo se encuentra en algún lugar entre el ser cobarde y el ser temerario; dice don Quijote que resulta mucho más fácil llegar de la segunda a la virtud, es decir, tiene muchas más posibilidades de llegar a ser valiente el temerario que el cobarde.
Creo que con la prudencia pasa algo muy parecido pero al contrario, la prudencia es la virtud a la que podemos aspirar los cobardes.
En vez de eso, los músculos obedecen la orden de quedarse quietos como perros amaestrados.
-Deme el celular-
Ahí empieza a reaccionar la lengua, mucho antes que el brazo porque por muy Bruce Lee que uno quiera ser, le brota mucho más natural la malicia del Lazarillo.
-Vea hermano, es viejo y malo-
- Deme el celular!-
- Tome parce (sí, en esos casos brota muy natural el "parce") pero de verdad no le va a servir pa'un culo, no le van a dar ni 3 lucas por él-
El tipo lo mira con un poco de lástima (es un Alcatel) y me lo devuelve.
-La billetera-
-Coja la plata y déjeme los papeles-
-Bueno, pase la plata. Pero rápido-
Uno saca la billetera y empieza a darle los billetes, llegamos al punto en que no vale la pena esconder ninguno, un poco porque plata no hay mucha y esa operación un tanto riesgosa no significaría conservar más de 5000 pesos y un poco porque uno ya es consciente de su calidad de atracado, es un papel como cualquier otro en la vida, como el de empleado o cliente y uno, por desgracia no es ni peleón ni avivato.
La extraña familiaridad con que se desarrolló el incidente anima al tipo a separar uno de sus recién adquiridos billetes, uno de 2000, y dármelo con un "pal bus".
-Ahora camine por esta calle derechito hasta la esquina y no se voltee, no haga pendejadas y no no se haga chuzar que usté es todo bien-
Uno camina resignado, yo generalmente me prendo un cigarrillo pensando en lo relativamente sencillo y vergonzoso que me resulta sobrevivir en esas situaciones. Me imagino nuevamente la escena de los 3 golpes y pienso, en esos instantes más convencido que nunca, que jamás voy a ser capaz de reaccionar así, nunca voy a darle una tunda a un ladrón.
Hay una parte bonita del Quijote en la que el caballero obliga a que le abran la jaula de un león para enfrentarse a él en "singular batalla", el león lo ignora totalmente y tal batalla no sucede, sin embargo se ha dado prueba fehaciente del valor del caballero. Le sigue una reflexión sobre las virtudes y como éstas son el punto justo entre dos extremos. La valentía por ejemplo se encuentra en algún lugar entre el ser cobarde y el ser temerario; dice don Quijote que resulta mucho más fácil llegar de la segunda a la virtud, es decir, tiene muchas más posibilidades de llegar a ser valiente el temerario que el cobarde.
Creo que con la prudencia pasa algo muy parecido pero al contrario, la prudencia es la virtud a la que podemos aspirar los cobardes.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Otra deuda que me tengo
Corriendo el veinteavo día del último mes del año 2009 de la era de nuestro señor Jesús Cristo, comenzare su viaje, este, su servidor, a lomo de su auteco plus 150 (roja a más veras), con la idea fija y la meta trazada de abandonar el suelo patrio, teniendo como rumbo escogido el sur y como último destino un lugar en la hermana república del Ecuador situado en la costa nord-occidental de la dicha república, de nombre Mompiche, pues llámanle así los nativos, y llámanle así también los pocos viajantes que al lugar arriban desde tiempos no tan pretéritos.
Del porqué de viaje querría hablarles largamente, pero los motivos, mis motivos, son aún oscuros. Epifanía podría llamarse. Un día uno se levanta y se da cuenta que nada lo retiene y todo está listo, tiene la plata, la moto, la paciencia, el tiempo, y no mucho más. Fue un acto espontáneo e irresponsable. No fui realmente consciente de lo que estaba haciendo , no lo soy aún, tal vez por un instante en una noche terriblemente tediosa y solitaria en Quito, el peso de las distancias trató de aplastarme, pero antes de encararlo y resistirlo, me corrí un poquito y lo dejé caer.
Escribo esto como si hubiera sido una gran empresa, no lo fue. Debe ser porque la mayoría de los recuerdos los he reconstruido a partir de mi propia narración, escribo algo así como la antología de mi tradición oral. Como narrador llego a cuentachistes y como escritor a guionista de Televisa.
Ha pasado ya un año y medio desde que salí; las anécdotas fueron consignadas con negligencia en una veintena de hojas de cuaderno, las fotos se perdieron cuando me robaron la cámara, y no me quedan más imágenes que unos cuantos dibujos malos y una foto que logré subir a internet.
Margarita se llamaba la cámara, tengo esa maña cursi y maluca de ponerle nombre a las cosas que llego a querer, no son muchas afortunadamente.
Margarita o Canon a-algo, de 10 megapixeles y otras tantas especificaciones que nunca entendí del todo, de todas formas no duró mucho. Me la robaron en Pasto, en carnavales, volviendo ya, con muchísimas fotos del camino. Cuando te roban la mitad de lo que recuerdas metido en una cajita de 10X10X3cm las instrucciones para darle cuerda a un reloj, o mejor, su preámbulo deja de parecerte tan cursi.
Recuerdo una foto: en la imagen, Jacinta (la moto, y ya me disculpé por eso de irle poniendo nombres a las cosas) muy roja, frente a un montecito verde, envuelta en niebla, junto a un letrerito que decía "La Línea, 3300m de altura" "cucas, kumis, aguaépanela".
Era la conquista de la Línea, para alguien que antes de eso no había manejado jamás por carretera, era una hazaña, casi como todo ese primer tramo Bogotá- Cali....
Falta falta, algo así como 2700 km pero toca empezar por algún lado....
Del porqué de viaje querría hablarles largamente, pero los motivos, mis motivos, son aún oscuros. Epifanía podría llamarse. Un día uno se levanta y se da cuenta que nada lo retiene y todo está listo, tiene la plata, la moto, la paciencia, el tiempo, y no mucho más. Fue un acto espontáneo e irresponsable. No fui realmente consciente de lo que estaba haciendo , no lo soy aún, tal vez por un instante en una noche terriblemente tediosa y solitaria en Quito, el peso de las distancias trató de aplastarme, pero antes de encararlo y resistirlo, me corrí un poquito y lo dejé caer.
Escribo esto como si hubiera sido una gran empresa, no lo fue. Debe ser porque la mayoría de los recuerdos los he reconstruido a partir de mi propia narración, escribo algo así como la antología de mi tradición oral. Como narrador llego a cuentachistes y como escritor a guionista de Televisa.
Ha pasado ya un año y medio desde que salí; las anécdotas fueron consignadas con negligencia en una veintena de hojas de cuaderno, las fotos se perdieron cuando me robaron la cámara, y no me quedan más imágenes que unos cuantos dibujos malos y una foto que logré subir a internet.
Margarita se llamaba la cámara, tengo esa maña cursi y maluca de ponerle nombre a las cosas que llego a querer, no son muchas afortunadamente.
Margarita o Canon a-algo, de 10 megapixeles y otras tantas especificaciones que nunca entendí del todo, de todas formas no duró mucho. Me la robaron en Pasto, en carnavales, volviendo ya, con muchísimas fotos del camino. Cuando te roban la mitad de lo que recuerdas metido en una cajita de 10X10X3cm las instrucciones para darle cuerda a un reloj, o mejor, su preámbulo deja de parecerte tan cursi.
Recuerdo una foto: en la imagen, Jacinta (la moto, y ya me disculpé por eso de irle poniendo nombres a las cosas) muy roja, frente a un montecito verde, envuelta en niebla, junto a un letrerito que decía "La Línea, 3300m de altura" "cucas, kumis, aguaépanela".
Era la conquista de la Línea, para alguien que antes de eso no había manejado jamás por carretera, era una hazaña, casi como todo ese primer tramo Bogotá- Cali....
Falta falta, algo así como 2700 km pero toca empezar por algún lado....
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Crónicas? (no,
no son crónicas)
jueves, 5 de mayo de 2011
De la segunda parte
La primera parte
Protagonistas de estas mediocres letras me han dicho que es un poco pesimista definir toda esta historia como una concatenación de fracasos, o una larga cadena terminada en uno. Pueden tener razón.
Lo que pasa es que yo soy de la línea de Maturana y también creo que perder es ganar un poco. Por eso espero que nunca esté a la cabeza de un seleccionado nacional o de un ejército, porque no logro imaginarme qué fue lo poco que ganó la selección Colombia en los últimos 13 años, y mucho menos qué ganó la Alemania nazi después del desembarco de Normadía.
Yo he ganado. Me he ganado una falta de fé casi fanática y una buena cantidad de historias, lo primero me sirve para arrimarme al sol que más caliente y lo segundo, para que mis nietos no se aburran hasta que los aburra. Tengo incluso material gráfico, como algunas fotos y las cicatrices. Siempre es divertido saber que el abuelo estuvo alguna vez al borde de quedar aplastado en una carretera en un lugar recóndito de nuestra geografía, o que la primera vez que vio un Ferrari este casi lo atropella.
Y así sin más preámbulo voy a seguir la historia que dejé dos entradas atrás.
Debo decir que, como la mayoría de las cosas importantes que me han pasado, esta tampoco la vi venir.
Tratando aún de reponerme de la historia anterior (la de la mujer de la sonrisa chueca) a pocos días de ser un bachiller, fui a lo que podría denominarse una cita a tuertas.
Voy a escribir con nombres porque de aquí en adelante la historia empieza a enredarse de tal forma que si me quedo en amigos y mujeres voy a tener que hacer un diagramita, no es que tenga muchos, y mucho menos muchas, pero ya vio ud. lo inepto que me vuelvo cuando me toca repetir conceptos sin repetir palabras.
La mujer de esta historia se llama de alguna forma pero yo (imitando a Leo Masliah) voy a bautizarla Ana(no a ella, si no a la idea que de ella tengo, que al fín y al cabo es lo único que puedo describir).
A Ana la conocía poco, era amiga de otra chica que me encantaba (a cuya idea, por similar procedimiento llamaré Verónica)con quien fui a cine un par de veces para terminar siendo irremediablemente amigos.Era una mujer muy bonita, simpática y buena conversadora, pero nunca, hasta esa noche, me interesó particularmente.
Verónica había empezado a salir con Santiago (ya sabe ud. cómo va la cosa de los nombres, no me haga repetirla) que, para su sorpresa, es mi amigo el descubridor de la mujer de los ojos y la sonrisa, a quien, por no ocurrírseme cómo en este momento, no bautizaré.
Evitanto posteriores listas de nombres y relaciones diré que entre esos dos nos tendieron una especie de trampa que nos soltó 5 años después. Con calma me enamoré y la adoré, con calma porque fueron procesos paralelos a irla conociendo. (este banco está ocupado....).
De entrada la embarré, pero quiso el destino que me perdonara, y no solo eso, quiso el destino que esa embarrada nos convirtiera en verdaderos novios. No creo que ella lo vea de esa forma, pero la verdad es que nuestro aniversario de ahí en adelante fue la fecha de la reconciliación, y fue esa reconciliación la que nos puso donde terminamos. Hay que agradecer con creces esta benevolencia del destino, porque así no tuve que arrepentirme de cumplir un sueño que tenía. Y es que la co-protagonista de la embarrada era la mujercita de la sonrisa (a la que debí haber bautizado, y que para próximas ocasiones, remediando ese lapsus de apatía llamaré Olivia)
Fue la primera novia, y el resumen de este fracaso vendría estando precísamente ahí, en cómo diferenciar al primer amor del definitivo.
Esos 5 años, nuevamente darían para una novela, pero no es el objeto de esta entrada describir con minucia todo lo que pasó. Hay viajes, fiestas, conciertos, peleas, reconciliaciones, terminadas, cumpleaños, aniversarios, navidades, años nuevos, fantasmas (mas de uno), trabajos, juegos, picnics, playas, acampadas, flotas, llantos, regalos, palíndromos, y en general una vida completa, completa pero compartida y uno está muy chiquito para andar en esas. (alguien me dijo que era un recurso fácil ese de enumerar, y yo que dependo de él)
Un día nos agarró el tedio de estar juntos y dejamos que nos ganara, nos salvamos porque ella se fué 6 meses del país (sobre estos 6 meses habrá que escribir un apéndice) y volvió con la certeza de que me quería, yo esa certeza no la había perdido. Hoy se me ocurre que en realidad más que tener un amor de telenovela, nosotros éramos muy amigos, lo seguimos siendo, y era tan fuerte la cosa que nos dio para enamorarnos.
Una noche cualquiera, en un bar, poco antes de ir a una fiesta juntos, terminamos. Eso no impidió que esa misma noche durmiéramos juntos, ni que 8 días después estuviera yo en su casa celebrando su cumpleaños y en un momento, cuando el alcohol hacia su efecto, consolara su llanto. La consolaba porque le parecía triste no quererme más. Bruto que es uno; o fuerte según otros. Torpe creo yo.
Creo que no le he hecho justicia, fueron sin duda 5 años muy buenos, llega uno a bautizar a los hijos y a imaginar una vejez acompañado (y es que le tengo pánico a esa vejez post-moderna, de viejos solos y amargados, con más diplomas que buenas novias) y en general en lo bonito que sería que, si esa mujer no es la mujer de la vida, que se parezca bastante.
Digo que éramos más amigos que otra cosa, porque aunque dolió perderla y dolió mucho, tenerla de amiga fue un consuelo, nunca le tuve rencor (cosa extraña conmigo) y no pasó mucho tiempo antes de enamorarme otra vez.
Ahí, con ese enamoramiento aparece una nueva historia. Y esta historia, dijo un brujo, me dejó marcado. Bueno no solo un brujo, hasta mi madre lo dice, fue una mujer que me acompañó 2 años y que al dejarme me amarró a un fantasma al menos un año más (a veces creo que por ahí anda todavía). Es de hecho, la protagonista de la mayor parte de entradas de este blog.
Protagonistas de estas mediocres letras me han dicho que es un poco pesimista definir toda esta historia como una concatenación de fracasos, o una larga cadena terminada en uno. Pueden tener razón.
Lo que pasa es que yo soy de la línea de Maturana y también creo que perder es ganar un poco. Por eso espero que nunca esté a la cabeza de un seleccionado nacional o de un ejército, porque no logro imaginarme qué fue lo poco que ganó la selección Colombia en los últimos 13 años, y mucho menos qué ganó la Alemania nazi después del desembarco de Normadía.
Yo he ganado. Me he ganado una falta de fé casi fanática y una buena cantidad de historias, lo primero me sirve para arrimarme al sol que más caliente y lo segundo, para que mis nietos no se aburran hasta que los aburra. Tengo incluso material gráfico, como algunas fotos y las cicatrices. Siempre es divertido saber que el abuelo estuvo alguna vez al borde de quedar aplastado en una carretera en un lugar recóndito de nuestra geografía, o que la primera vez que vio un Ferrari este casi lo atropella.
Y así sin más preámbulo voy a seguir la historia que dejé dos entradas atrás.
Debo decir que, como la mayoría de las cosas importantes que me han pasado, esta tampoco la vi venir.
Tratando aún de reponerme de la historia anterior (la de la mujer de la sonrisa chueca) a pocos días de ser un bachiller, fui a lo que podría denominarse una cita a tuertas.
Voy a escribir con nombres porque de aquí en adelante la historia empieza a enredarse de tal forma que si me quedo en amigos y mujeres voy a tener que hacer un diagramita, no es que tenga muchos, y mucho menos muchas, pero ya vio ud. lo inepto que me vuelvo cuando me toca repetir conceptos sin repetir palabras.
La mujer de esta historia se llama de alguna forma pero yo (imitando a Leo Masliah) voy a bautizarla Ana(no a ella, si no a la idea que de ella tengo, que al fín y al cabo es lo único que puedo describir).
A Ana la conocía poco, era amiga de otra chica que me encantaba (a cuya idea, por similar procedimiento llamaré Verónica)con quien fui a cine un par de veces para terminar siendo irremediablemente amigos.Era una mujer muy bonita, simpática y buena conversadora, pero nunca, hasta esa noche, me interesó particularmente.
Verónica había empezado a salir con Santiago (ya sabe ud. cómo va la cosa de los nombres, no me haga repetirla) que, para su sorpresa, es mi amigo el descubridor de la mujer de los ojos y la sonrisa, a quien, por no ocurrírseme cómo en este momento, no bautizaré.
Evitanto posteriores listas de nombres y relaciones diré que entre esos dos nos tendieron una especie de trampa que nos soltó 5 años después. Con calma me enamoré y la adoré, con calma porque fueron procesos paralelos a irla conociendo. (este banco está ocupado....).
De entrada la embarré, pero quiso el destino que me perdonara, y no solo eso, quiso el destino que esa embarrada nos convirtiera en verdaderos novios. No creo que ella lo vea de esa forma, pero la verdad es que nuestro aniversario de ahí en adelante fue la fecha de la reconciliación, y fue esa reconciliación la que nos puso donde terminamos. Hay que agradecer con creces esta benevolencia del destino, porque así no tuve que arrepentirme de cumplir un sueño que tenía. Y es que la co-protagonista de la embarrada era la mujercita de la sonrisa (a la que debí haber bautizado, y que para próximas ocasiones, remediando ese lapsus de apatía llamaré Olivia)
Fue la primera novia, y el resumen de este fracaso vendría estando precísamente ahí, en cómo diferenciar al primer amor del definitivo.
Esos 5 años, nuevamente darían para una novela, pero no es el objeto de esta entrada describir con minucia todo lo que pasó. Hay viajes, fiestas, conciertos, peleas, reconciliaciones, terminadas, cumpleaños, aniversarios, navidades, años nuevos, fantasmas (mas de uno), trabajos, juegos, picnics, playas, acampadas, flotas, llantos, regalos, palíndromos, y en general una vida completa, completa pero compartida y uno está muy chiquito para andar en esas. (alguien me dijo que era un recurso fácil ese de enumerar, y yo que dependo de él)
Un día nos agarró el tedio de estar juntos y dejamos que nos ganara, nos salvamos porque ella se fué 6 meses del país (sobre estos 6 meses habrá que escribir un apéndice) y volvió con la certeza de que me quería, yo esa certeza no la había perdido. Hoy se me ocurre que en realidad más que tener un amor de telenovela, nosotros éramos muy amigos, lo seguimos siendo, y era tan fuerte la cosa que nos dio para enamorarnos.
Una noche cualquiera, en un bar, poco antes de ir a una fiesta juntos, terminamos. Eso no impidió que esa misma noche durmiéramos juntos, ni que 8 días después estuviera yo en su casa celebrando su cumpleaños y en un momento, cuando el alcohol hacia su efecto, consolara su llanto. La consolaba porque le parecía triste no quererme más. Bruto que es uno; o fuerte según otros. Torpe creo yo.
Creo que no le he hecho justicia, fueron sin duda 5 años muy buenos, llega uno a bautizar a los hijos y a imaginar una vejez acompañado (y es que le tengo pánico a esa vejez post-moderna, de viejos solos y amargados, con más diplomas que buenas novias) y en general en lo bonito que sería que, si esa mujer no es la mujer de la vida, que se parezca bastante.
Digo que éramos más amigos que otra cosa, porque aunque dolió perderla y dolió mucho, tenerla de amiga fue un consuelo, nunca le tuve rencor (cosa extraña conmigo) y no pasó mucho tiempo antes de enamorarme otra vez.
Ahí, con ese enamoramiento aparece una nueva historia. Y esta historia, dijo un brujo, me dejó marcado. Bueno no solo un brujo, hasta mi madre lo dice, fue una mujer que me acompañó 2 años y que al dejarme me amarró a un fantasma al menos un año más (a veces creo que por ahí anda todavía). Es de hecho, la protagonista de la mayor parte de entradas de este blog.
jueves, 28 de abril de 2011
De la primera parte.
Voy a tratar de articular un texto sobre un fracaso, es decir, quiero documentar, argumentar, seguir un hilo lógico, exponer una tesis y finalmente desmentirla; todo alrededor de este último fracaso (muchos párrafos más abajo me doy cuenta que en realidad lo único que voy logrando es seguir un hilo narrativo más o menos coherente).
Organizar un texto es una cosa que generalmente ha estado muy por encima de mis capacidades, yo deliro maravillas y escribo porquerías, pero, gracias al temor que me produce el hecho de que este modus operandi se está tomando todos los otros aspectos de mi vida, y basado en la autocomplacencia que me produce pensar que todo es culpa de mi pereza voy a tratar de escribir con coherencia y con un objetivo.
Como se dijo (espero claramente) en la primera línea, voy a tratar de articular un texto sobre un fracaso.
La historia empieza hace más o menos 27 años, 1 día, 10 horas y 28 minutos. Pero remontarnos hasta ese momento además de infructuoso sería un poco tedioso. Podría entonces empezar a mis 12 años en otra fecha que, como no está en ningún papel, me es imposible de recordar. Por esos días ya era un intento de individuo, llorón, melindroso y súmamente libidinoso. Conocí la pornografía gracias a una caleta de penthouse que existía en cierto lugar de mi casa. Y conocí, más o menos al mismo tiempo, a la que sería la musa de mi adolescencia. Musa de no sé qué, porque no produje nada, aparte de falsas expectativas.
Esos eran dos mundos absolutamente separados en ese momento, de alguna forma intuía una relación maravillosa entre ambos, pero, para mí, era imposible relacionar directamente a esta mujer que adoraba, con las otras mujeres, las impresas, las que ofrecían senos exuberantes y vaginas siempre listas para conducirlas a un orgasmo entre cómico y teatral con expresiones un tanto grotescas de deseo.
Sobra decir(o tal vez no, pero ya que estoy tratando de ser coherente les pido me permitan seguir usando muletillas)que nunca logré absolutamente nada con esta mujer, solo adorarla de una forma más o menos obvia durante 4 años.
Este fue mi primer gran fracaso, o el primer eslabón visible de lo que desencadenaría (si notan el jueguito? eslabón, desencadenar, yo no lo noté hasta dentro de tres párrafos) en este último fracaso que en este segundo (con segundo aquí me refiero a instante y ya entendí que es un error semántico pero lo voy a dejar) me parte el pneuma. El segundo llegó con una sonrisa torcida y unos ojo grandes y verdes que todavía me hipnotizan un poquito.
Esta mujer lo era por poco en edad, adelantada a los años que se cargaba encima, parecía llevarnos una eternidad a todos nosotros, que en general la superábamos por más de 3 años. He de confesar que no la noté yo, fue un descubrimiento de un gran amigo. Así que, si el primer fracaso giró entorno a cómo no entender la relación que existe entre adorar a alguien y querer follárselo (y aquí me entran unas ganas terribles de plagiar al admirador de una amiga), este segundo se basó en lo terrible que es desear a la mujer del prójimo, tratando de ser leal en el intento. Y así pasaron otros dos años que merecerían kilómetros de papel, pero como la pereza me puede voy a tratar de resumirlos a un par de párrafos.
La cosa se desarrolló de esa manera bonita que tienen los inevitables, algo así como cuando se enredan mil veces las luces viejas de navidad. Primero pensaba que mi amigo era un poco pedófilo, pero fue gracias a su empecinamiento en demostrarnos lo contrario que la gracia de esta MUJER empezó a hacerse evidente. De ahí una empatía evidente nos hizo amigos, muy amigos. Ella coqueteaba con la naturalidad de las mujeres que se saben más que bonitas, (yo creo que esa frase me la robé de alguien más... pero bueno, esperemos que no pase el ACTA)y uno trataba de mentirse a sí mismo.
Sucedió lo inevitable, y tranquilos que lo inevitable no incluye ni adulterios ni duelos, era por ese entonces muy inepto como para competir por una mujer, y además nunca hice nada para lograr algo por el estilo. Lo inevitable fue que me enamoré, de un amor que todavía tengo, ya viejo y tranquilo pero ahí está (piense en un perro de caza de los que tienen más años que el mosquetòn victoriano y el dueño juntos, echado en un rincón de la casa, con esos ojos que no se abren ni se cierran y que parecen tener una conjuntivitis melancólica y me va a entender cómo se me volvió de viejo ese enamoramiento). Haberme enamorado me costó lágrimas varias y una extraña seguridad en el que iba a morir virgen. Dada mi inexperiencia nunca entendí que serle leal a un amigo no es esperar como un chulo a que la mujer que uno adora (y es que yo adoro y tal vez ese, precisamente ese, es el error) lo bote como a un perro para caerle, y fue precisamente eso lo que hice, afortunadamente me rechazaron sin mucho trámite.
Hago un paréntesis (otro) y lo anuncio para no ponerlo entre (), entre la primera y la segunda chica del relato, hubo una más, el mérito de esta que me salté fue darme mi primer beso. A esta, sin quererla mucho y más por culiprontez que por romance, la seguí hasta la costa atlántica, teniendo un accidente de esos épicos por el camino, me reventé con ganas contra una tracto-mula, y guardo aún souvenirs, como una cicatriz entre el labio y la nariz que mi mal llamado bigote resalta mucho más de lo que disimula. Esta mujer supo sabiamente ignorarme a mi llegada a las lejanas tierras costeras, y así medio desbaratado y adolorido me dí a la tarea de cerrar el paréntesis, cosa que logré con relativa celeridad.
Aparece entonces mi primer gran amor, uno que va a merecer otro post porque ahora estoy cansado y me duele la espalda. No por mucho escribir, más bien por mucho procrastinar.
Organizar un texto es una cosa que generalmente ha estado muy por encima de mis capacidades, yo deliro maravillas y escribo porquerías, pero, gracias al temor que me produce el hecho de que este modus operandi se está tomando todos los otros aspectos de mi vida, y basado en la autocomplacencia que me produce pensar que todo es culpa de mi pereza voy a tratar de escribir con coherencia y con un objetivo.
Como se dijo (espero claramente) en la primera línea, voy a tratar de articular un texto sobre un fracaso.
La historia empieza hace más o menos 27 años, 1 día, 10 horas y 28 minutos. Pero remontarnos hasta ese momento además de infructuoso sería un poco tedioso. Podría entonces empezar a mis 12 años en otra fecha que, como no está en ningún papel, me es imposible de recordar. Por esos días ya era un intento de individuo, llorón, melindroso y súmamente libidinoso. Conocí la pornografía gracias a una caleta de penthouse que existía en cierto lugar de mi casa. Y conocí, más o menos al mismo tiempo, a la que sería la musa de mi adolescencia. Musa de no sé qué, porque no produje nada, aparte de falsas expectativas.
Esos eran dos mundos absolutamente separados en ese momento, de alguna forma intuía una relación maravillosa entre ambos, pero, para mí, era imposible relacionar directamente a esta mujer que adoraba, con las otras mujeres, las impresas, las que ofrecían senos exuberantes y vaginas siempre listas para conducirlas a un orgasmo entre cómico y teatral con expresiones un tanto grotescas de deseo.
Sobra decir(o tal vez no, pero ya que estoy tratando de ser coherente les pido me permitan seguir usando muletillas)que nunca logré absolutamente nada con esta mujer, solo adorarla de una forma más o menos obvia durante 4 años.
Este fue mi primer gran fracaso, o el primer eslabón visible de lo que desencadenaría (si notan el jueguito? eslabón, desencadenar, yo no lo noté hasta dentro de tres párrafos) en este último fracaso que en este segundo (con segundo aquí me refiero a instante y ya entendí que es un error semántico pero lo voy a dejar) me parte el pneuma. El segundo llegó con una sonrisa torcida y unos ojo grandes y verdes que todavía me hipnotizan un poquito.
Esta mujer lo era por poco en edad, adelantada a los años que se cargaba encima, parecía llevarnos una eternidad a todos nosotros, que en general la superábamos por más de 3 años. He de confesar que no la noté yo, fue un descubrimiento de un gran amigo. Así que, si el primer fracaso giró entorno a cómo no entender la relación que existe entre adorar a alguien y querer follárselo (y aquí me entran unas ganas terribles de plagiar al admirador de una amiga), este segundo se basó en lo terrible que es desear a la mujer del prójimo, tratando de ser leal en el intento. Y así pasaron otros dos años que merecerían kilómetros de papel, pero como la pereza me puede voy a tratar de resumirlos a un par de párrafos.
La cosa se desarrolló de esa manera bonita que tienen los inevitables, algo así como cuando se enredan mil veces las luces viejas de navidad. Primero pensaba que mi amigo era un poco pedófilo, pero fue gracias a su empecinamiento en demostrarnos lo contrario que la gracia de esta MUJER empezó a hacerse evidente. De ahí una empatía evidente nos hizo amigos, muy amigos. Ella coqueteaba con la naturalidad de las mujeres que se saben más que bonitas, (yo creo que esa frase me la robé de alguien más... pero bueno, esperemos que no pase el ACTA)y uno trataba de mentirse a sí mismo.
Sucedió lo inevitable, y tranquilos que lo inevitable no incluye ni adulterios ni duelos, era por ese entonces muy inepto como para competir por una mujer, y además nunca hice nada para lograr algo por el estilo. Lo inevitable fue que me enamoré, de un amor que todavía tengo, ya viejo y tranquilo pero ahí está (piense en un perro de caza de los que tienen más años que el mosquetòn victoriano y el dueño juntos, echado en un rincón de la casa, con esos ojos que no se abren ni se cierran y que parecen tener una conjuntivitis melancólica y me va a entender cómo se me volvió de viejo ese enamoramiento). Haberme enamorado me costó lágrimas varias y una extraña seguridad en el que iba a morir virgen. Dada mi inexperiencia nunca entendí que serle leal a un amigo no es esperar como un chulo a que la mujer que uno adora (y es que yo adoro y tal vez ese, precisamente ese, es el error) lo bote como a un perro para caerle, y fue precisamente eso lo que hice, afortunadamente me rechazaron sin mucho trámite.
Hago un paréntesis (otro) y lo anuncio para no ponerlo entre (), entre la primera y la segunda chica del relato, hubo una más, el mérito de esta que me salté fue darme mi primer beso. A esta, sin quererla mucho y más por culiprontez que por romance, la seguí hasta la costa atlántica, teniendo un accidente de esos épicos por el camino, me reventé con ganas contra una tracto-mula, y guardo aún souvenirs, como una cicatriz entre el labio y la nariz que mi mal llamado bigote resalta mucho más de lo que disimula. Esta mujer supo sabiamente ignorarme a mi llegada a las lejanas tierras costeras, y así medio desbaratado y adolorido me dí a la tarea de cerrar el paréntesis, cosa que logré con relativa celeridad.
Aparece entonces mi primer gran amor, uno que va a merecer otro post porque ahora estoy cansado y me duele la espalda. No por mucho escribir, más bien por mucho procrastinar.
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